LA IMPORTANCIA DE LA RESILIENCIA ANTE EL ESTRÉS

Cuando nos sentimos mal, a veces no sabemos que es lo que nos pasa. No sabemos por qué.

Seguramente son una serie de situaciones encadenadas que se van acumulando hasta que llega el malestar emocional en forma de crisis e impotencia.

Lo peor, es que no siempre salta la alarma de forma inmediata, sino que puede tardar días, meses e incluso años. Pero en vez de tratar de descubrir que está pasando, continuamos avanzando por inercia. Desviamos nuestra atención del problema y nos encaminamos hacia ninguna parte con la lejana esperanza de llegar a algún horizonte y que el malestar pase por fin.

Hemos de caer en la cuenta de que tenemos un gran contenedor mental que carga con ideas, opiniones, hechos no entendidos, emociones no reconocidas, conflictos no resueltos, que, en vez de vaciar de vez en cuando, permitimos que se siga llenando.

No le damos tiempo ni oportunidad, para descargar la toxicidad que se va acumulando en él, y esto hace que en el momento que más lo necesitamos, nos desborde. Pero el malestar, sin nombre ni apellidos aparentes, se impone como una losa haciendo que nos sintamos impotentes, indefensos y perdidos especialmente en situaciones adversas.

¿En que se basa la resiliencia? ¿Qué hace que unas personas sean más resistentes ante las adversidades que otras? ¿Qué consigan salir de un atolladero más fácilmente, mientras otras ante las mismas condiciones, se hunda aún más, o no consigan salir nunca?

Tener una mente sana y un equilibrio emocional depende de nuestra personalidad en gran medida, pero también en el esfuerzo por entendernos y cuidarnos para que cuando llegue un verdadero problema, tengamos el «tanque” lleno, consigamos salir airosos y no nos hundamos.

Esta facilidad o dificultad para remontar en la adversidad, que también forma parte de la personalidad, Esta influye de forma determinante, pero también la forma de interpretar el problema en la incertidumbre, y de la perspectiva de la vida que tenga cada uno.

Nuestra forma de ser a la hora de relacionarnos con los demás, determina un factor primordial para salir de las dificultades.

Sabemos que, en situaciones muy adversas, el hecho de sentir que alguien nos apoya, y nos sostiene, aunque sea un poco, emocionalmente, y aunque se trate solo de una persona, es muy importante para salir de la situación.

El que tengamos una personalidad prosocial, con más facilidad para desarrollar conexiones sanas con otras personas, que nos proporcionan lazos afectivos saludables, será muy positivo a la hora de hacer frente a los problemas.

Otras características de nuestra personalidad que nos hace más resilientes es nuestro autoconocimiento y la gestión adecuada de nuestras emociones.

Nuestra capacidad de mirarnos por dentro para entender la causa de nuestros pensamientos, de cómo nos estamos sintiendo, y por qué tenemos determinadas conductas, nos permite reflexionar sobre las soluciones posibles a los problemas y esto hace que, en estas situaciones desfavorables, podamos ser más realistas basándonos en nuestras capacidades y limitaciones. En nuestros recursos y aptitudes.

La autoestima juega un papel muy importante en el momento de salir de un atolladero. Si nuestra autoestima es alta, tendremos más valor para afrontar las cosas desde la serenidad. Enfrentaremos mejor el miedo al sentirnos con mayor capacidad para llevar nosotros el control en la solución de la adversidad.

Esta sensación y convencimiento de que tenemos el control es definitivo. No es lo mismo esperar que algo o alguien nos ayudara, que confiar que la solución está en nuestras manos, que depende solo de nosotros. Es entonces cuando recurrimos a todos nuestros recursos, que se desbloquean más fácilmente para ser operativos.

Cuando tenemos pensamientos positivos sobre nosotros y las situaciones, sabiéndonos conocedores de que el centro del control está en nosotros, tendremos más fácil el hecho de poder salvar el miedo paralizante que se da en situaciones que nos hacen tambalearnos.

Una persona con pasión e ilusión por las cosas será más efectivo a la hora de ser más resilientes.

Nuestro estado de ánimo también tiene importancia, y en cierto grado, está bastante determinado por nuestra composición genética para ser más positivo o más negativo ante la vida.

Davidson, importante psicólogo contemporáneo, nos dice que está comprobado que cada persona nacemos con un determinado perfil emocional.

Richard Davidson demostró que en cada persona se da una actividad más intensa en distintas regiones cerebrales. Las regiones prefrontales derecha e izquierda, se encargan del manejo de las emociones. La derecha, de las negativas, y la parte prefrontal izquierda, de las positivas. Por ejemplo, cada vez que reímos, se activa el área prefrontal izquierda.

Cuando nos sentimos motivados y logramos mantener ilusión por cualquier cosa, nos sentimos más positivos y podemos resolver mejor las crisis, aunque tengamos una tendencia genética a la negatividad, ya que estamos reforzando el trabajo de la zona prefrontal izquierda.

Si la región prefrontal derecha es generadora de emociones negativas, la región prefrontal izquierda es generadora de emociones positivas. Por eso es tan saludable sonreír, porque cada vez que sonríes estás favoreciendo que aumente la actividad prefrontal izquierda.

Al final conseguimos hábitos saludables si vencemos el miedo, si aprendemos a desenvolvernos eficazmente en la ambigüedad. No olvidemos que tenemos un cerebro neuroplástico y que el proceso de neurogénesis, o creación de nuevas neuronas, se da a cualquier edad.

Cuando hablamos de los 21 días necesarios para que se instale un nuevo habito, estamos hablando del tiempo que necesita este proceso para consolidarse.

Al afrontar los retos y no huir de las dificultades confiando en nosotros mismos, estamos ganando terreno para valorarnos más positivamente. Estamos sin duda incrementando nuestra resiliencia.

Sin embargo, y a pesar de lo que tengamos de forma innata , hay ciertas actitudes que también determinan el que no nos desanimemos tan fácilmente, o, por el contrario, veamos solo inconvenientes y puertas cerradas a los problemas, y que, en vez de lanzarnos hacia la solución, nos oriente en sentido contrario.

Por último, hay que señalar que ante la adversidad, teniendo bien un tipo u otro de personalidad, conseguimos desplegar unos mecanismos de defensa que nos tratan de proteger y funcionan como estrategias más o menos conscientes, pero igualmente efectivas.

Lo que es cierto es que muchas veces no somos ni mínimamente consciente de lo que somos capaces de resistir, de todos los recursos de que disponemos, y que somos capaces de desplegar, hasta que no llega la crisis.

Nuestra capacidad de adaptación y resistencia es mucho mas grande cuando se trata de la supervivencia de lo que imaginamos, aunque está muy vinculada a nuestro cuidado mental y autoconocimiento.